Paradojas y un lugar en la cadena, pero ¿cuál?

Embalse de Guadalest, en Alicante

Embalse de Guadalest, en Alicante

Últimamente estoy muy ocupado por un proyecto de planificación en una región rural de baja densidad, en la que históricamente ha habido importantes valores naturales pero también una relevante acción transformadora del territorio por parte del hombre. Concretamente se construyeron durante el siglo pasado gran cantidad de embalses, y aún se ha construido recientemente uno de los mayores del continente. Por otra parte, no he podido evitar, siguiendo como sigo los medios franceses, enterarme del conflicto del embalse de Sivens, en una región rural de baja densidad al norte de Toulouse.

El tratamiento que damos al medio ambiente en las sociedades de la Unión Europea es complejo. Por un lado, en los primeros momentos de la Unión aparece un cuerpo legislativo relevante, basado en la experiencia y filosofía de los países fundadores (esencialmente del norte); ese cuerpo se ha ido expandiendo y cobrando forma y, sobre todo, fuerza administrativa y jurídica a través de protecciones europeas de zonas concretas y de la jurisprudencia de los tribunales de justicia europeos. Por otra parte, los ciudadanos, a través de una combinación de la experiencia directa de los problemas de contaminación y de pérdida de espacios o paisajes socialmente percibidos como valiosos, suelen ver la protección medio ambiental como algo positivo. Esta visión ciudadana no es quizás muy articulada en términos científicos, pero se ha construido con el tiempo en términos favorables, sobre todo países del sur en los que se ha visto la incorporación a la Unión como un paso adelante. La actual situación de crisis económica en el sur está llevando a que algunos se replanteen hasta qué punto esto es así, contraponiendo protección ambiental y desarrollo económico (curiosamente es fácil decir que Bruselas es culpable… como Madrid, Paris o Washington a otras escalas).

El sistema produce aparentes paradojas. Por un lado los ecosistemas se presentan, tanto a través de su descripción científica como administrativa (asociada a la protección del territorio) como una realidad en equilibrio estático; y como dice el refrán, “conocerlo es quererlo”, por lo que en ocasiones un mecanismo psicológico simple hace que haya una predisposición a considerar esa descripción como más fiable que realidades en curso. Esta es una actitud más que comprensible por la evolución general de degradación ambiental que se ha producido en el continente y por el miedo a lo desconocido, y es lo que al menos en parte lleva a los activistas de Sivens a emprender sus acciones en contra del embalse. Por otro lado, el caso de los embalses muestra que es cierto que se destruyen los ecosistemas iniciales, pero la creación de nuevas láminas de agua y la irrigación de las tierras de cultivo alteran los flujos ecológicos y favorece en ocasiones la implantación o el crecimiento de diversas especies. No soy ecólogo, pero veo que embalses creados con oposición de grupos de defensa del medio ambiente pasan, con el tiempo (y el factor generacional, en el sentido del relevo de los antiguos activistas por los nuevos, es importante), a ser defendidos por grupos de defensa del medio ambiente como espacios de biodiversidad. La pregunta que me hago, y para la que no tengo respuesta por las limitaciones de mi conocimiento, es si la situación actual es mejor o peor que la anterior en términos de calidad de los ecosistemas. Me temo que no es mejor que las situaciones previas a la industrialización por la pérdida de especies, pero no sé si es el caso entre dos momentos determinados en los últimos 50 años.

En términos profesionales, ante estas cuestiones confío en la palabra de los expertos ambientales con los que trabajo. Pero en algunas ocasiones también los veo dudar; lo cierto es que en las regiones de poblamiento antiguo la interacción entre hombre y naturaleza ha condicionado los ecosistemas desde hace siglos, aunque la presión ha aumentado enormemente durante el último por la evolución tecnológica. No dudo de que muchos sistemas tradicionales de explotación del medio rural son ambientalmente menos impactantes que métodos modernos, pero los agricultores ya no son los mismos y la cultura en la que viven, ya predominantemente urbana, les influye tanto en las demandas que les plantean (los agricultores son agentes económicos) como en las aspiraciones que les permiten.

Un ejemplo puede ser ilustrativo: en España hay espacios que hoy en día son esteparios, pero lo son como resultado de las políticas de expansión del ganado lanar de la Mesta durante la edad media. ¿Qué puede ser más interesante para la sostenibilidad global del territorio, mantener el paisaje creado por un cartel lanero del siglo XIII o una reforestación a su estado previo?. Por otra parte, uno de los mayores bosques de Europa en la actualidad, las Landas de Gascuña, no estaban ahí hace un par de siglos, y una pregunta análoga puede plantearse. Del mismo modo en que cabe plantearse en un casco histórico como debe evolucionar un continente una vez que sus contenidos han variado profundamente, podría tener sentido pensarlo en un territorio.

Podemos pensar en la necesidad de cambiar los patrones de consumo, algo en lo que coincido plenamente. Pero no estoy seguro de que eso sólo sea suficiente, y de que no debamos pasar a pensar los ecosistemas en términos más dinámicos. Y ahí me temo que aún no tenemos las herramientas, pues:

  • En mayoría de las disciplinas que los analizan, al menos en lo que se refiere a la ordenación del territorio, suele dominar la visión estática; es lógico, por la dificultad de predecir las interacciones en sistemas tan complejos, pero lleva a las paradojas mencionadas.
  • El principio de precaución puede ser cuestionado por algunos, pero no puede negarse que tiene al menos una base racional; el problema es su modulación como criterio operativo.
  • El dilema entre reflexión y acción se sigue planteando en materias como el cambio climático, y está lejos de haber producido soluciones comúnmente adaptadas, esto es, que puedan pasar a formar parte de la cultura en general y no sólo de una visión disciplinar.

Luego la cuestión de nuestro papel (de los humanos) en la cadena ecológica es central, no sólo en términos de que queramos garantizar nuestra supervivencia (cualquier especie lo pretendería), sino de hasta donde llevamos nuestra intervención sobre el medio. No creo que la planificación deba ser permitir cualquier cosa en cualquier lugar, sólo creo que la reflexión sobre estas materias debe abordarse de un modo más abierto.

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